domingo, 15 de junio de 2008

DIGODIGO

Este artículo de mi amigo EO me ha encantau por lo cual quise compartirlo con ustedes...

Por Eduardo Ojeda

El virus está entre nosotros. Al principio quisimos creer, ilusos, que sólo era una muestra más, aislada y aberrante, de la ya larga decadencia que padece nuestra lengua. Pero no. Anteponer la palabra “digo” a cualquier manifestación verbal ya es una verdadera peste. Hoy podemos presenciar en la televisión, en la radio, y me dicen que ¡hasta por escrito! una metástasis de “digodigo”. Analistas políticos, conductores de programas de diverso pelaje, funcionarios y casi toda persona que se sienta autorizada a proferir su opinión sobre el conflicto campestre, el casamiento de Wanda Nara, los principios republicanos o el precio internacional de la soja comienza su sesudo discurso con el “digo”, y a partir de allí, cebado, no cesará de repetirlo, casi siempre unido a un repugnante chasquido de lengua que traiciona la presencia aborrecible del monstruo .La doctora Carrió fue, hace ya unos meses, una de las primeras víctimas. “Digo” suele ir acompañado, en su caso, de un engendro adicional: “a ver”. Es otra variedad mortífera del virus, el averdigo, sin duda una señal más del Apocalipsis inminente que la doctora vaticina con fruición digna de mejor causa.

Me he preguntado, no sin estupor, cómo pudo comenzar esto. ¿Es acaso una evidencia de la humana soberbia, esa pasión que dio lugar al pecado original, según afirma la teología? ¿Digodigo habrá sido la misteriosa seducción de la serpiente? En efecto, puede verse la expresión hinchada de vanidad que adquieren algunos rostros mientras repiten el funesto latiguillo. ¿No se suponía en la edad dorada del habla castellana, antes de la increíble peste, no iba de suyo que cuando uno hablaba era uno el que hablaba y no otro? ¿En qué momento comenzó a ser necesario decir “digo” cada cinco segundos al estar, justamente, diciendo? Lo más extraño es que nadie parece alarmarse frente a la proliferación aluvional de semejante enormidad.

Cuando aún padecemos los efectos del “buenonada”, que hace temer seriamente por los destinos del bien en nuestro país, la epidemia de “digodigo” es, si cabe, más letal, pues inhiere en los más elementales principios de la razón y el buen decir con su mezcla explosiva de idiotismo y soberbia pseudo intelectual.

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